Manu
Leguineche (Arrazua, Vizcaya, 1941) es la personificación del viaje
y de las aventuras que lo acompañan. Periodista hecho al rebufo de
Delibes, corresponsal de guerra, viajero empedernido, fundador de
las agencias Colpisa y Fax Press, que dirige, escritor, conversador
de mil batallas, ganador de premios como el Nacional de Periodismo,
Pluma de Oro, Cirilo Rodríguez, Julio Camba o el Ortega y Gasset,
hincha televisivo de pago por visión del Athletic de Bilbao, experto
jugador de mus (sulibro Mus visto -Plaza & Janés- , así lo
atestigua), buen anfitrión y mejor persona.
Leguineche le gusta "que los países conserven su forma de vida y no
se lancen a la occidentalización masiva". Para este vasco
universalista, "viajar es un ejercicio higiénico que contribuye a
que uno se conozca mejor. Un filósofo alemán dijo que el mejor
camino para conocerse era dar la vuelta al mundo, pero yo añado: y
para conocer a los demás".
Manu Leguineche asegura que "hay que viajar libre, sereno, para ver
a la persona que nos recibe, comprendiendo a los demás, mirando
hacia el horizonte y, sobre todo, viajar sin la dictadura del reloj
o del calendario, y riéndote de tus percances."
Manu Leguineche es autor de innumerables libros que cuentan sus
experiencias por todo el mundo. Entre ellos, podemos citar: La
felicidad de la tierra (Alfaguara) y Hotel Nirvana (El
País-Aguilar).
¿Por qué viajamos, cuál es el resorte que nos mueve a salir de casa
para ver mundo?
Esta
pregunta ha merecido siempre muchísimas respuestas y todas ellas muy
diversas. Algunos tienen más claro lo que dejan atrás que lo que
buscan. Se sabe mejor por qué uno se va (stress, cambio de vida&)
que lo que se va encontrar por ahí. Ya lo decía L. R. Stevenson
"sólo necesito el cielo sobre mi cabeza y el suelo bajo mis pies".
Cada persona viaja por un motivo distinto, hay quien lo hace para
enviar tarjetas postales y comunicarle al vecino lo bien que le van
las cosas. Pero yo creo que en general se viaja por conocer, y ahora
se hace masivamente porque el viaje se ha democratizado, se ha hecho
más barato& y de pronto, el mundo está a nuestro alcance. Algunos de
quienes ya han visitado lugares exóticos (Tailandía, Seychelles...),
buscan destinos de los de "vivir peligrosamente", como bajar en
piragua por el Himalaya, puenting en las cataratas del Zambeze, e
incluso los hay que quieren sufrir y acuden, en busca de emociones
fuertes, a zonas en guerra.
Hay agencias -yo las he conocido en Hong Kong y Londres- que te
envían a estos lugares peligrosos como si fueras corresponsal de
guerra. Pero esto son excepciones. Yo creo que, en general, se viaja
para renovarnos a nosotros mismos, para descubrir nuevas culturas,
realizar un alto en este mundo abrasador y complicado, y por la
necesidad de cambiar de chip que dicen ahora.
Pero hay viajeros que a todas horas se acuerdan de lo bien que
estarían en casa
Lo que pasa es que algunos no son capaces de romper con lo anterior:
siguen comprando compulsivamente, se quejan a todas horas de lo mal
que se come. ¡Pero no pretenderás ir a 12.000 kilómetros de
distancia y comer igual que en casa!. La gente no se da cuenta de
que muchas veces son países muy pobres. También los hay que viajan
y, a la menor oportunidad, preguntan qué ha hecho el Athletic o el
Barça; en fin, no acaban de desengancharse y continúan mirándose el
ombligo. El viaje debería hacer humilde a la gente y servirnos para
comprobar que no estamos solos en el mundo y que todos los seres
humanos tenemos muchas cosas en común.
¿Cómo ve un avezado viajero los problemas que sufre el turista
común, como el overbooking y los retrasos en los vuelos o el no
conseguir un hotel en primera línea de playa o con buena comida?
Muchas veces, lo que se vende es un enmascaramiento de la realidad,
la solitaria playa con los cocoteros. Y cuando llegas allí, ves que
todo es muy distinto. La industria del turismo juega con ese mito
del paraíso perdido que todos buscamos pero nunca aparece, y
acabamos topándonos con la frustrante realidad. Por otro lado, los
viajes se han masificado. Hoy, todo el mundo viaja en avión, hay
apreturas, sobreventa de reservas de vuelo, lo que motiva el
overbooking, y, por si fuera poco, los aeropuertos y las
infraestructuras de muchos países no están preparados para absorber
tanto viajero. Yo tengo una máxima "si me dejo vencer por un
contratiempo, el cabreo que me genera un retraso, por ejemplo, mi
viaje se ha arruinado", de modo que sacrifico toda esas protestas,
porque, mientras tanto, el viaje sigue y no te lo puedes cargar
porque se te ha a apagado la luz en la habitación. Los países en
vías de desarrollo no están a nuestro nivel económico, por lo que
tenemos que cambiar la piel, como hace la serpiente, para viajar a
ellos. Y buscar el placer de viajar, porque partir es vivir. Si uno
quiere estar siempre enojado, que no se preocupe: la vida le va a
dar muchos motivos para el enfado.
¿Permiten loa viajes organizados hacernos una idea de la realidad de
un país?
Su
gran ventaja es que permiten ir a países lejanos de manera más
económica. Y son una solución para quienes tienen miedo a lo
desconocido o a los problemas que puedan surgir en esos países, ya
que los viajes organizados te proporcionan una mayor seguridad y
comodidad; muy especialmente, en los primeros viajes, cuando
adquirimos un poco de soltura para movernos por el mundo. Yo soy
partidario de aprovechar lo bueno de un viaje organizado y luego
romper los esquemas. Por ejemplo, no acudir a esos lugares donde las
excursiones están montadas para que el turista compre todos los
objetos y recuerdos que se le ofrecen.
Se dice que el turismo beneficia a países con regímenes
dictatoriales y que violan los derechos humanos, ¿cree que debe el
viajero visitar esos países aunque su dinero pueda contribuir a
perpetuar la carencia de libertades en ellos?
Es una pregunta que yo me he hecho muchas veces, y que no tiene
fácil respuesta porque te provoca un dilema. El país que me gustaría
volver a visitar es Birmania, todavía siento la fascinación por
Oriente, que dirían los clásicos, y la Junta Militar ha abierto las
puertas al turismo, pero no voy a ir porque Shu Ki, la Premio Nobel
de la Paz que sufre arresto domiciliario, ha hecho llamamientos para
que el turismo no ayude a la Junta. También es verdad que hay otros
que opinan que el turismo contribuye a cambiar la piel de estos
países porque la gente que vive en ellos palpa otras ideas y los
lugareños ven como se vive en otros sitios.
Respecto de los conflictos bélicos que ha vivido y narrado en esos
países del tercer mundo, ¿debe el periodista involucrarse,
posicionarse ante el problema tan complejo que representan las
guerras?
Es también una vieja discusión. Hay quienes creen que es mejor tomar
partido porque te involucras más y escribes con más pasión, pero
esta es una forma de desinformar a los lectores.
Recuerdo lo que me dijo el fundador del diario francés Le Monde "la
objetividad es imposible, pero hay una cosa sagrada, jugar limpio
con el lector". Cuando estábamos en Camboya algunos periodistas
entusiasmados con los Kemeres Rojos, porque era una manera de hacer
la revolución que iba a transformar el mundo, se pusieron de su
parte. Luego se supo que los seguidores de Pol Pot eliminaron a dos
de los siete millones de habitantes de Camboya, uno de los mayores
genocidios del mundo. El corresponsal de guerra ha de mostrarse
siempre muy cauto, y los comentarios pueden ser libres pero los
hechos son sagrados. Lógicamente, en casos flagrantes de violaciones
de derechos humanos o torturas, lo tienes que denunciar, aunque
pueda pasar como en Irán, país en el que los torturados se
convirtieron en torturadores. En una guerra, ya lo dijo un senador
norteamericano en 1917, la primera víctima es la verdad. En Kosovo
lo hemos visto, la OTAN buscó a gente lista para que diera su
versión de los hechos y nos intoxicara con su verdad. Ahora estamos
viendo que esos hechos no sucedieron tal como nos fueron contados.
¿Se acaba por saber lo que ha ocurrido en estos conflictos bélicos,
o grandes partes de la verdad quedan oscurecidos y pasan a engrosar
los misterios insondables de la historia?
Cuando finalizan las guerras, hay tiempo para investigar y
contrastar los datos, además los protagonistas acaban contando lo
que ocurrió porque tienen remordimientos o porque ya ha pasado todo
y pueden hablar con claridad. Se publican libros, documentales y
reportajes, que ayudan a que la opinión pública sepa, más o menos,
lo que sucedió, aunque siempre quedará oculta una parte importante
de la verdad.
La información de guerra y la vida de los corresponsales destinados
en conflictos bélicos ¿ha cambiado mucho desde que Manu Leguineche
enviaba las crónicas desde Saigón (Vietnam)?
Sí, ha cambiado mucho. La Guerra del Golfo se retransmitía en
directo y la realidad del conflicto se convirtió en virtual. Ahora,
los generales se meten en un túnel, aprietan en una pantalla un
botón y cambian el curso de la historia. Todo eso se televisa en
directo, con lo que el trabajo del corresponsal romántico y bohemio
de mi época pertenece ya al pasado. La propia dinámica de los
ejércitos y de los servicios de relaciones públicas de los países
llevan el agua a su molino, censurando las informaciones que no les
convienen. Eso, en Vietnam no se daba.
Durante esa guerra, la más larga del siglo, los norteamericanos nos
dejaban total libertad de movimientos y podías ir a comprobar como
se había arrasado una aldea de campesinos, así que los telediarios
se llenaron de imágenes en las que la sangre salpicaba las
pantallas. Los norteamericanos aprendieron la lección y a partir de
la invasión de Granada (Caribe) se impuso la censura sobre los
corresponsales de guerra. Y que conste que la opinión pública acepta
que exista esa censura, porque el interés de Estado prima sobre el
de la información: por ejemplo, prefieren no saber lo que ocurre si
ello ha de significar que el enemigo se entere de lo que no conviene
o interprete positivamente cualquier hecho bélico.
Tras las vicisitudes bélicas de varias décadas, llega el descanso,
¿qué tal sienta abandonar las posiciones drusas en Líbano y
contemplar la vida de las abejas en la Alcarria?
En los frentes, ahora está todo masificado. Durante la guerra de
Kosovo podía haber en Pristina cerca de tres mil periodistas. Eso ya
casi no me interesa ni me divierte, por eso me vine al campo. Ahora
me gusta analizar los acontecimientos con más tiempo y con la
perspectiva de uno que ya ha estado allí.
Yo soy un aldeano de Belendiz (Gernika), al que le encanta esta
tranquilidad y su relación con lo rural. El campo libera y acerca a
las personas. Es la felicidad de la tierra
...y manteles que ayudan a cerrar negocios
Juan
Luján. Director de Cronitur
