ROMA LA CIUDAD A LA QUE TODOS LOS CAMINOS DEBERÍAN LLEVAR
Dice la
frase hecha que “todos los caminos llevan a Roma”, y era una verdad bastante
exacta en su tiempo, cuando el sistema de calzadas del Impero Romano tenía su
epicentro en la actual capital de Italia. Desde que la conocí ronda esa frase
por mi cabeza, y pienso a veces que deberíamos esa idea, y que a todos a
aquellos que aman la belleza y el arte su camino le debería llevar, al menos una
vez en la vida, a disfrutar de la maravilla que es Roma.
Un
ejército de motos se dirige a toda velocidad hacia nosotros junto a unas
ruina... ¿una escena futurista al más puro estilo Mad Max? No, sencillamente una
estampa habitual en Roma, la ciudad con el tráfico más caótico y al mismo tiempo
más pacífico que he conocido. En cada semáforo decenas de motocicletas y
ciclomotores toman la primera fila y salen como una estampida en cuanto la luz
verde se enciende. No creo que todos ellos se sientan como Gregory Peck, y desde
luego no tienen una pasajera como Audrey Hepburn, pero desde luego ver la
profusión de “Vespas” y “Vespinos” le da otro sentido a las famosas escenas de
“Vacaciones en Roma”.
Ahora
bien, sin un Gregory Peck o una Audrey Hepburn a mano les recomiendo que
recorran la ciudad a pie. Hay varias razones: para empezar el tráfico no es apto
para cardíacos y en contraste con su locura veloz la lentitud de nuestro paso es
perfecta para saborear mejor los encantos de Roma. Su magia; además, la densidad
del arte y la belleza son tales que, si no vamos caminando, corremos serio
peligro de rebasar alguna joya que nos pase irremediablemente desapercibida.
Me gusta,
además, andar por las calles estrechas del centro de Roma, con sus casas de
profundo color ocre con un toque encantadoramente descuidado en la mayoría de
los casos, y abiertas aquí y allá en plazas más o menos grandes, casi siempre
bellas y casi siempre con algún tesoro. Aceras llenas de gente: turistas
japoneses, americanos, europeos e incuso evidentes romanos acostumbrados ya a
compartir su ciudad con una ingente cantidad de forasteros.
Disfruto
también de pararme, de sentarme en algún lugar y dejar entonces que la ciudad
pasee para mí, en lugar de pasear y por ella. Instalado en alguna piedra de
varios siglos de antigüedad, con un gelatti que sostengo con sumo cuidado y
viendo a la gente entrar y salir del increíblemente bello y extraordinariamente
conservado Panteón, por ejemplo, a la maravillosa sombra de su pórtico en el
mediodía; o contemplar el continuo subir y bajar por la espectacular escalera de
la Piazza de España, con los últimos y dorados rayos del sol de la tarde, a cuyo
calor las paredes romanas pasan del ocre al tierra de siena, más intenso si cabe
en contraste con un cielo que es cada minuto más azul.
Todo en
Roma es solemne, pero es a la vez vivo: colores vivos, ciudadanos vivos, tráfico
que agobia de tan vivo; es una ciudad en la que uno puede imaginarse
levantándose por la mañana y bajando a comprar el periódico o yendo al trabajo.
En definitiva, es lo contrario al decorado turístico en el que se están
convirtiendo muchas ciudades europeas.
La
Roma más monumental
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CIUDAD DEL VATICANO |

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Sin
embargo, algo de esa naturalidad se pierde en determinadas zonas de la ciudad, y
muy especialmente en ese reducto, tan reducido que es el estado más pequeño del
mundo, llamado Ciudad del Vaticano, un lugar que no está hecho para vivir, como
las restantes partes del casco histórico. Se pierde la naturalidad, sí, pero
para dar paso a otras cosas...
Cuando se
entre por primera vez en la plaza de San Pedro, con enorme columnata de Bernini
rodeándote, uno siente una impresión muy peculiar, pero la emoción es aún más
deslumbrantes. La primera vez que entré en San Pedro los rayos del sol se
colaban por las ventanas de la enorme cúpula, bañando con intensidad el centro
del pasillo principal, mientras el resto de la iglesia se mantenía una fresca
penumbra. Incluso alguien muy alejado de la liturgia y de la fe se siente
sobrecogido por la majestuosidad del edificio, por su tamaño, por su riqueza,
pero también por la evidente espiritualidad del momento.
Otro día,
estando de nuevo en el interior de la iglesia se oyó un extraño sonido llegando
del exterior, al que siguió un silencia expectante de los que nos encontrábamos
dentro del templo. Los ordenanzas nos apartaron respetuosamente y en ese momento
un grupo bastante numeroso de personas empezó a avanzar por el pasillo central
entonando (es un decir) un salmo típico que cualquiera puede reconocer, y cuya
letra recordaba aun a pesar de los años que hace que no asisto con regularidad a
la liturgia.
Los
peregrinos, españoles para más señas, avanzaban lentamente por la inmensa nave
de San Pedro, disfrutando el momento y sintiendo tal emoción que (aunque esto es
probable que no se debiese sólo al éxtasis) el canto era una de las cosas más
espantosas que haya llegado jamás a mis oídos, con la curiosa particularidad de
que quienes peor entonaban gritaban más en el frenesí cantor se adelantaban
ligeramente al resto del grupo. Sin embargo, a pesar de la entonación agresiva,
por darle un adjetivo, de algunas voces más propias de gallináceas que de seres
humanos y de que, al final, cada uno de los cantores hizo un poco la guerra por
su cuenta, sentí como se me ponía la “carne de gallina”: a través del desastre
coral había brotado una emoción de una pureza y una intensidad reservada a
momentos y lugares especiales.
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CAPILLA SIXTINA |

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Otro tipo
de emoción es la que siento en los fantásticos Museos Vaticanos, no menos
intensa, pero desde luego distinta. Es la emoción de encontrarse frente a las
obras de arte que he visto en los libros y que he estudiado en mi juventud: la
estatua de la cruel muerte del Laooconte y sus hijos, la Academia d Atenas de
Rafael y, muy especialmente, la archifamosa Capilla Sixtina, con los
maravillosos frescos de Miguel Ángel describiendo el Libro del Génesis en el
techo y el Juicio Final en una de los extremos de la sala. La Capilla cuenta
además con una impresionante colección de frescos en las paredes, oscurecidas
por la fama de la obra de Miguel Ángel pero en la que podemos ver el arte de
genios como Ghirlandaio, Perugino o Botticelli.
Pero la
huella de la Iglesia, con mayúscula, no está sólo en el Vaticano, sino que
prácticamente en cada rincón de la ciudad encontramos iglesias, con minúscula,
que nos hablan del tremendo poder del clero, sí, pero también de cómo se poder
sirvió para que los más grandes artistas ejecutasen sus mejores obras.
Así,
además de la de San Pedro en Roma visitamos otras basílicas, iglesias tan bellas
que podrían ser la catedral de cualquier ciudad pero que tienen aquí un papel
secundario gracias a la magnificencia de la sede del papado.
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SAN JUAN DE LETRÁN |

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San Juan
de Letrán, con sus estatuas de los apóstoles; Santa María la Mayor, con su rica
mezcla de estilos y sus mosaicos; o Santa María in Trastevere, con sus mosaicos
en el ábside y en la fachada y su campanario medieval. Cada una de ellas tiene
su propio estilo y su propio encanto. Y aunque no es basílica, hay otro tempo
que no hay que perderse: II Gesú, el primero construido por la Compañía de Jesús
en Roma, y cuyos frescos en la bóveda le dejarán, como me dejaron a mí, más que
boquiabierto.
En
resumen, el viajero llega a la ciudad resignado a ver muchas iglesias, pero
pronto esa resignación se torna en fascinación, y nunca se cansa una de ver
templos de disfrutar con los tesoros que guardan.
La
Roma más antigua
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EL FORO |

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Por
prácticamente toda la ciudad puedo percibir, como si fuera un antiguo olor, la
presencia de la ciudad imperial, y son muchos los lugares en los que bajo las
calles, en unas excavaciones que a veces parecen improvisadas, o aisladas en
pequeñas plazas a las que casi nadie presta atención, se pueden ver templos,
columnas, restos de edificios...
Las
distintas épocas se superponen literalmente, la ciudad se ha construido y
reconstruido una y otra vez exactamente en el mismo palmo de terreno, así que un
paso por la Roma antigua me lleva de una punta a otra de la Roma moderna, desde
las Termas de Caracalla, popularizadas por las populistas actuaciones de tres
tenores, hasta el foro y el Coliseo, justo en el centro de la actual Roma.
Y es,
probablemente, en el conjunto que forman los Foros, el Coliseo y los Mercados de
Trajano donde más cercano se puede encontrar uno de esa ciudad lejana, y al
mismo tiempo cercana, con más de dos mil años de antigüedad, pero muy presente
todavía en nuestras vidas y costumbres, en nuestra cultura al cabo.
Los Foros
eran la parte más importante de la ciudad, incluían muchos edificios públicos y
eran el lugar en el que se desarrollaban los negocios y la vida política: así,
uno puede sentase cómodamente en la Rostra, el lugar des el que los oradores
romanos de dirigían al público(¿recuerdan el discurso de Marlon Brando/Marco
Antonio en la película “Julio César”?) y observar lo que queda, que no es poco,
del maravilloso conjunto de templos y edificios públicos que conformaban los
Foros que, además, está rematado por la inmensa figura del Coliseo al fondo.
El
Coliseo, por su parte, es otro de esos espacios –bastante abundantes en Roma,
por cierto- que mezclan una emoción especial a su monumentalidad. Así, uno entra
en él expectante, deseoso de ver, y sin embargo la primera vista supone una
pequeña decepción, pues en el exterior hemos olvidado quizá que estamos ente un
edificio que tiene casi dos mil años. Pero empezamos a pasear y poco a poco nos
vamos empapando de la grandiosidad del lugar, de la belleza de sus perfectas
formas, de la inteligencia de su diseño y , no en menos medida, de la historia
que todos conocemos y de las muchas vidas que allí se entregaron para disfrute
de los romanos y mayor gloria de Dios.
Un
consejo, no dejen de visitar el Foro y el Coliseo por la noche, la tranquilidad
del lugar sin el habitual exceso de turistas y la hermosa iluminación les harán
pasar un momento muy especial.
La
Roma de los museos
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MUSEO DEL
VATICANO |

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Cuando
viajo con poco tiempo a una ciudad –es decir, siempre- no me gusta demasiado
visitar museos, ya que disfruto más de callejear y conocer los distintos lugares
a distintas horas. Sin embargo, y aunque Roma es en sí misma una galería de
arte, hay algunos museos que yo visité y que le recomiendo no perderse.
Los más
importantes, fundamentales e inexcusables son, sin duda, los Museos Vaticanos,
de los que ya hemos hablado y a los que debería dedicar al menos una mañana de
su viaje. Además de las conocidísimas obras maestras que alberga no deje de
observar con atención la bellísima escalera de Giuseppe Momo que servía en
tiempos tanto como para entrar como para salir y que hoy en día encontrará al
final de su visita.
Además, y
siempre según sus preferencias y la cantidad de tiempo de la que disponga, puede
disfrutar de alguna de las Galerías que nacieron a partir del afán coleccionista
de las principales familias romanas, siempre ligadas de una u otra forma al
papado, como la Doria Pamphilj, que guarda en su interior obras de muchos
grandes maestros italianos (Caravaggio, Tintoretto, Rafael, Tiziano...) y, sobre
todo, el espectacular retrato que Velásquez hiciera de uno de los papas de la
dinastía: Inocencio X, sí, ese al que se le nota en la cara lo poco inocente que
era.
También
puede visitar los Museos Capitolinos, y conocer de paso una de las plazas más
bellas de Roma, la del Campidoglio. Les recomiendo que para llegar a ella suban
la Cordonata, una espectacular escalera construida a partir de un diseño de
Miguel Ángel, responsable también del propio diseño de la plaza y de los
palacios Capitolinos en los que se encuentran los museos del mismo nombre. En
ellos se podrán encontrar una espléndida colección de pintura y, sobre todo, un
tremendo conjunto de esculturas de la Grecia y la Roma clásicas. Desde ésta
galería de escultura se puede disfrutar, además, de una espectacular vista sobre
los foros que les recomiendo muy especialmente al caer la tarde.
Obviamente, la variedad de museos de Roma es enorme y aquí no tenemos espacio
para hablar de todos ellos, una vez allí combinen su disponibilidad de tiempo y
sus gustos personales para confeccionar una agenda cultura que seguro que no les
defraudará.
La
Roma más romántica
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TRASTEVERE |

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A la otra
parte del río Tíber se puede encontrar una de las zonas más encantadoras de la
ciudad, y que es sin duda el lugar ideal para un romántico paseo al atardecer:
el Trastevere.
Se trata
probablemente, del barrio más popular del casco histórico de Roma, y es una de
las zonas a las que es típico acercarse a la hora de la cena, pues está poblado
de pequeños restaurantes con bastante encanto y en los que se puede disfrutar de
una cocina romana típica que nos da algunas sorpresas (mucho pescado y no sólo
calamares, por ejemplo) y que resulta bastante recomendable para el paladar y no
excesivamente prohibitiva para el bolsillo (aunque deben tener en cuenta que en
Roma nada es barato...).
Callejuelas tranquilas y agradables que se retuercen en mil curvas y dos mil
recodos por los que uno agradece perderse, lejos del inhóspito tráfico y siempre
con el recurso de acercarnos al río de nuevo si nos sentimos desorientados.
El
Trastevere es, sin duda uno, de los pocos lugares en los que podemos
encontrarnos con una ciudad más tradicional, que nos recordará a una Italia
menos moderna, pero más auténtica, con cierto aire al Nápoles que hemos visto
tantas veces en el cine y que, al fin y al cabo, también se parece mucho a los
barrios populares de Madrid, Barcelona o Valencia hace no demasiados años, o a
la famosa Alfama de Lisboa. Es, en definitiva, un pequeño salto al pasado, a un
pasado entrañable y cercano, de nuestra niñez del que además disfrutamos como se
disfruta de la belleza de una flor: sabiendo que se marchitará dentro de poco.
En
definitiva, Roma les ofrece una variedad de propuestas que aquí sólo podemos
reflejar pálidamente, y que tienen además la virtud de crear juntas una ciudad
especial, con un carácter muy definido y de una belleza tan única como
deslumbrante. No se dejen engañar por las fotos de éste u otros artículos, o por
la escasa capacidad de los que tratamos de contarles nuestra experiencia allí,
Roma es mucho más de lo que se puede explicar, y seguro, seguro que no les
defraudará.
Algunos consejos prácticos
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AEROPUERTO
DE FIUMICINO |

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Para
llegar.
Las principales ciudades españolas tienen vuelos directos a Roma. La duración
del vuelo es de sólo dos horas y se pueden encontrar tarifas bastante
económicas, por lo que es la forma más razonable de llegar. Además de los
taxis, desde el aeropuerto de Fiumicino (al que llegan los vuelos de las líneas
regulares) hay un tren directo a la estación Termini, algo lento, eso sí, pero
que le deja muy cerca del centro de la ciudad. Tenga en cuenta que entre semana
no es posible, si no se tiene tarjeta de residente, entrar ni aparcar en todo el
centro histórico de la ciudad.
Alojarse. Elija
un hotel lo más céntrico posible, el centro histórico de roma no es
excesivamente grande, pero el tráfico es bastante complicado, aunque tanto la
red de Metro como la de autobuses son bastante buenas. Tenga en cuenta que los
hoteles fuera de España y en particular en Italia no suelen tener la calidad de
los españoles, así que descuente mentalmente una estrella para hacerse una idea
de cómo será su alojamiento.
Una opción
interesante puede ser uno de los numerosos Bed & Breakfast de la ciudad, con una
calidad más que aceptable y buenos precios. Si su estancia es larga y viaja con
varias personas más, un apartamento puede ser lo mejor.
Comidas
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RESTAURANTE ROMANO |

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Los
restaurantes en Roma son bastante caros, y muchos de ellos están enfocados a
extraer dinero del turista como quien extrae petróleo. Desconfíe de los menús
con precio cerrado, pues el precio suele incluir sólo los platos y los demás
conceptos (bebidas, postre, servicio...) pueden cuadruplicarlo con facilidad.
Estudie las cartas con cuidado y no tema preguntar. Hay buenos restaurantes en
el Trastevere y a precios razonables. Otra opción algo más económica son los
locales de Pizza al Taglio, pequeñas pizzerías abiertas a la calle y en las que
se puede tomar una comida rápida también a precio razonable. Por último, no
dejen de tomas helados, son maravillosos.
Museos
y monumentos
La ciudad
está abarrotada de museos y monumentos que es interesante visitar. Los precios
son bastante caros, pero en casi todas las ocasiones vale la pena. Hay tarjetas
de descuento que por un determinado precio dan la entrada a varios monumentos o
museos. Antes de comprarla asegúrese de que le compensa, ya que si no va a
visitar todos los lugares incluidos es posible que no le valga la pena.
Iglesias
Visitar
iglesias será una de sus principales actividades en la ciudad. La entrada es
gratuita, aunque algunas estancias o pequeños museos sí son de pago. En muchas
de ellas parte importante de los tesoros artísticos necesitan iluminación
artificial que funciona con monedas, así que lleven monedas de Euro sueltas.
Otra cosa, todas las Iglesias son centros de culto activos, así que procuren
espetar las celebraciones eucarísticas. Asimismo, y esta regla es seguida de
forma muy estricta en Roma, se exige “decoro en el vestir” esto implica que no
puede entrar a muchos templos con pantalones o faldas cortas ni con los hombros
descubiertos.
Transporte
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METRO: EL MEJOR MEDIO PARA MOVERSE POR ROMA |

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Las redes
de Metro y autobuses de Roma son bastante buenas, pero la del metro no tiene
demasiadas estaciones por el centro histórico. Tengan en cuenta que para
adquirir billetes en la mayor parte de las ocasiones necesitará utilizar
máquinas expendedoras que sólo admiten precio exacto, otra buena razón para
llevar siempre son nosotros un poco de dinero suelto.
Carmelo
Jordá