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LA HORA DE ZAMORA

Zamora, llave del Duero y guardiana de un puente en el camino real entre el norte y el sur de España. Especie de <Casa de Posta> romana atravesada en la Calzada de la Plata siguiendo el itinerario de Mérida a León.

Transitamos, no lo olvidemos, por tierras evocadoras de romances en las que se entremezcla la realidad con la leyenda. Comarca ascética  de encinares, ese árbol que podríamos decir propiamente ibérico, sobrio, severo, resistente, de follaje perenne y recio como el alma de esta región castellano-leonesa a la que acaba de parecerse cuando se incorpora a su Naturaleza. La que fue en sus comienzos un <castro> entra en la Historia de manos del invicto caudillo lusitano Viriato, pesadilla de Roma. Reconquistada en principio por Alfonso I tras la Batalla de Catalañazor, este rey otorga la villa a su hija doña Urraca, período en que arranca la Zamora del Romancero.

Aunque sabemos que en sus fundamentos Zamora fue un asentamiento romano bautizado <Ocellum Duri>, es decir Ojuelo del Duero, su nombre actual se remonta a la época musulmana y procede de la palabra árabe Azemur que significa <olivar silvestre>, siendo a partir de la Reconquista cuando toma definitivamente el apelativo por el que hoy se le identifica.

El sitio ideal para contemplar la mejor panorámica de Zamora es sin duda el puente sobre el Duero. Puente del siglo XIV -el anterior se lo llevó una riada- que abre a sus aguas dieciséis arcos ojivales y encima de los estribos otros tantos huecos  de medio punto a fin de aligerar su mole. Pero con ser todo ello interesante, sin duda el mayor encanto del lugar radica en sus calles: sorprendente y bien cuidado conjunto urbano constituido en rico museo al aire libre repleto de templos, palacios y monumentos, en su mayoría románicos, estilo que en la capital zamorana adquiere caracteres de apoteosis exhibicionista.

Extendidos sobre una línea imaginaria que atraviesa en diagonal la ciudad, un cortejo interminable de iglesias y edificios monumentales se ofrecen en preciosista manifestación para recreo y admiración de propios y extraños. A ambos extremos, Santiago del Burgo y la Catedral marcan los límites a esta peregrinación urbana cuyo centro geométrico ocupa la Plaza Mayor, amplio rectángulo ceñido en sus costados por bellas mansiones porticadas, de honda raíz castellana, los dos Ayuntamientos -el viejo y el nuevo- y en medio, plantada como figura principal del suntuoso escenario, la iglesia de San Juan de Puerta Nueva, así llamada porque junto a ella se abrió en el siglo XII un nuevo acceso en la muralla del primer recinto. Sucesión casi ininterrumpida de la más pura enjundia artística en la que además se integran finas perlas del patrimonio zamorano tales como San Vicente, primoroso ejemplar de torres esbeltas y armoniosas, parroquia depositaria del famoso Cristo de la Buena Muerte, impresionante talla del XVI que cada año se constituye en paso procesional durante las celebraciones de la Semana Santa. El Palacio de los Momos, del que solamente se conserva la destellante fachada gótico-renacentista y cuyo nombre al parecer obedece a que en él se efectuaron las primeras representaciones  teatrales en lengua castellana.

Siguiendo el itinerario, camino adelante, la magna Residencia de los Condes de Alba y Aliste, un gran cuadro con torres angulares y patio interior de dos pisos, habilitado hoy como Parador de Turismo. Iglesias de San Ildefonso, de La Magdalena, San Isidoro...y por fin la Catedral, severa pero a la vez hermosa obra en piedra de colosales proporciones con aspecto de fortaleza, erigida casi a orillas del Duero junto a las Murallas y el antiguo Castillo, dotada de sólida torre de planta cuadrada y tres cuerpos superiores a la que un estético cimborrio gallonado le confiere sugestivo aire oriental.

En lo artístico y monumental, la Catedral zamorana es un espléndido original románico del siglo XII considerado como paradigma del caudal arquitectónico capitalino. El templo, de grandes dimensiones, consta de tres naves, crucero y cabecera gótica y su bello interior aparece realzado de altares -el de la Capilla Mayor representando la Transfiguración de Cristo es obra muy importante realizada bajo la dirección de Ventura Rodríguez-, retablos, meritorios tapices y tallas escultóricas de grandes maestros. Viene a propósito resaltar el de Nuestra Señora de la Majestad situado al lado del Evangelio, presidido por la escultura de la popularmente conocida Virgen de la Calva, llamada así por su ancha y despejada frente: Valiosísima talla gótica del siglo XIII que representa a una imagen sedente de la Madre de Dios con niño, prodigio de naturalidad que cautiva por su galanura.

Rico y variado patrimonio catedralicio al que hay que añadir cruces procesionales de plata, custodias, ornamentos sagrados... y tres gigantescas rejas de hierro forjado, igualmente góticas, una de las cuales da paso al Coro, lugar de cánticos dotado de hermosa sillería, obra magistral de una grupo de artífices de la región, profusamente decorada con figuras de santos en la parte alta y de personajes del Antiguo Testamento en la baja así como en <brazos> y <misericordias> en los que llama la atención una sorprendente iconografía profana con escenas rayanas en lo procaz que, por lo visto, en aquellos tiempos no tenía más trascendencia que servir de crítica a ciertas costumbres relajadas, mal vistas, que de esa manera eran descalificadas...

Pero esta crónica viajera quedaría incompleta si no añadiéramos a lo ya dicho un comentario siquiera breve al tema de la gastronomía. Cocina zamorana que si bien no tiene una variedad de registros muy amplia, sí es rica en sabores y originales preparaciones. Gozan aquí de gran tradición las sopas de ajo en su definición propia de <sopas de boda>, llamadas así porque ocuparon en dichas celebraciones el lugar destinado ahora a los entremeses. Igualmente en sitio destacado colocaríamos el <arroz a la zamorana>, a primera vista una paella pero con la nota original de aquellos otros ingredientes añadidos como son la pata, oreja, hocico de cerdo, nabos, perejil, cebolla, ajos, pimentón y esos siempre bien recibidos sabores del campo orégano y tomillo que en gran parte le proporcionan el toque característico.

Platos a los que cabría añadir el cuchifrito de cabrito (de <cocho>: cocido y frito), es decir, un guisado cocido y después frito, aparte de bien condimentado; algunas curiosas formas de cocinado del bacalao, pulpo y claro está, el capítulo siempre importante de los quesos: quesos curados, fuertes al paladar, elaborados únicamente con leche de oveja como materia prima, sin mezclar y saludables al espíritu.

Y, naturalmente, esa otra geografía turística del cerdo, inmortalizada con o sin humo, de chorizos, morcillas y embuchados, incluidos los capítulos de adobos, chanfainas y el siempre apetitoso chicharrón, resistencia penúltima de la manteca durante la matanza que, curiosamente, aquí se sumerge en miel y se conserva en el encierro de la orza a fin de resaltar su sabor. Todos ellos productos en fin de la ya aludida celebración familiar del año, fiesta ritual de las comunidades aldeanas donde el amor del fuego sagrado de los inviernos se oye con deleite el canto del puchero o de la sartén que definen las rutas del paladar de estas tierras en las que todo es auténtico, nada se oculta ni se mistifica, natural como son de por sí las gentes de este, a veces injustamente olvidado, rincón de nuestra querida España.

 

Juan Luján. Periodista. Miembro de FijetEspaña. Director de Crónica del Turismo