Juan Luján. Director de Crónica del Turismo
Hoteles
A los
que nos gusta pasar más o menos desapercibidos, la vida de hotel es la
perfecta. Incluso -ahora que estoy leyendo un ensayo sobre los moteles, de
Bruce Bégout- la sensación de anonimato que uno puede experimentar en el
motel es todavía mayor que la que uno pueda disfrutar en el hotel. El
motel, por regla general, es más frío y aséptico debido a su serialidad y
funcionalidad. No se pretende otra cosa que pasar una noche o, a lo sumo,
dos noches, recoger las escasas pertenencias y continuar la ruta. Por lo
visto, al recepcionista no le interesa dónde hemos nacido, así que no es
necesario mostrar ningún carné de identidad. No hay problema en
registrarnos con un nombre falso. Allí, la identidad no vale un pimiento.
Todo se resume en pagar, dormir y largarse. De hecho, el motel es un lugar
idóneo para las citas clandestinas y para los fugitivos de la ley, un
territorio de nadie. Su falta absoluta de carácter le imprime,
paradójicamente, un cierto carácter. Los hoteles de carretera se suelen
parecer a los moteles americanos. Sin embargo, en los primeros sí que se
interesan por tu identidad. El cliente debe rendir cuentas al
recepcionista mediante el DNI y/o tarjeta de crédito. Cuando el viaje en
carretera es largo y no quieres meterte en ciudad alguna, buena es una
caja de zapatos con cama y ducha. Más que buena, esa parada sabe a gloria.
A muchos ese anonimato les resulta gélido, sin alma. Me estoy refiriendo a
ese tipo de hoteles fabricados en serie. En efecto, se pierde el aura de
lo original y lo único, que diría Walter Benjamin. Sin embargo, existe el
encanto de lo desencantado. Y ese tipo de construcciones anodinas
conservan un no sé qué de encantador, a pesar de su extremada
funcionalidad o, tal vez, precisamente a causa de su extremada
funcionalidad. El hotel demasiado recargado suele aturdir a determinados
clientes, que buscan el resumen, la síntesis, el esquema antes que el
excesivo y apabullante argumento de ciertos hoteles cargados de historia.
Hay hoteles que están diseñados para abrumar. Otros, más coquetos, para
acoger y mimar al cliente, que se siente como en una casa de muñecas.
Luego están los que fueron construidos para huir lo más pronto posible. En
estos me quiero detener, pues conservan una cierta poética de lo neutro,
de lo insípido. El reto es sacarles el jugo, que lo tienen. Son perfectos
para tomar notas, para escribir. Tengo comprobado una cosa: en los hoteles
hechos en serie, sin carácter, nada pintorescos es cuando más y mejor he
escrito. Lo atribuyo a su carencia de ornamento, a su perfecta falta de
gracia.
Aunque
parezca mentira, a mí me ha costado despedirme de ciertos hoteles banales,
incluso feos, lo más parecidos a esos moteles americanos. Hitchcock fue el
primero en utilizarlos en el cine. Recuerden el motel que regentaba
nuestro buen y entrañable amigo Norman Bates en Psicosis, o los moteles
que frecuentaban los amantes en Lolita. Sí, existe una poética de esta
clase de establecimientos, a primera vista nada poéticos. A fuerza de
perder el aura, estos lugares han adquirido un aura inversa. Todos hemos
fantaseado con la idea de instalarnos una larga temporada en algún hotel.
Muchos escritores, y no escritores, han puesto en práctica esa idea, bien
por necesidad, bien por placer. Desde el ex burdel a la humilde pensión,
pasando por el digno hostal, hasta el hotel más sofisticado, todos hemos
sentido ese cosquilleo de placer, esa pequeña aventura, en soledad o en
compañía, que es alojarse por unos días en un lugar que no es casa de
nadie y casa de todos. Además, nos hacen la cama. Un detalle.
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