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Juan Luján. Director de Crónica del Turismo

Cocineros

Si la gula no fuera un pecado capital, la polémica no sería morbosa ni tendría interés: como es conocido, los cocineros españoles de lujo, que han alcanzado gran fama internacional -el más acreditado de ellos, Ferrán Adriá, pasa por ser el mejor del mundo-, se han enzarzado en una resonante pelea: Santi Santamaría, uno de los considerados clásicos, que brillan por la sublimación de la cocina tradicional, paladinamente reconocido con todas las estrellas de la Guía Michelin, la ha emprendido contra “la cocina molecular o tecnoemocional avalada por Ferran Adrià y su corte de seguidores”, igualmente aclamada por todos los críticos, de la que ha dicho que utiliza incluso ingredientes insanos que sus propios autores no se atreverían a ingerir. Santamaría ya había avanzado su postura en una polémica ponencia en el último Madrid Fusión (“Alimentamos a los ricos y a los esnobs para distraerlos, estamos vendidos a la puta pela”, dijo entonces), recibe a la vez durante estos días denuestos y elogios: aplausos en la escuela de hostelería de Cádiz y, además de una dura nota corporativa de los cocineros, el boicot de parte de sus compañeros en un congreso en Alcalá de Guadaira.

Esto es lo que ocurre cuando la restauración pasa de colmar una necesidad biológica a ser un placer pecaminoso y caro. Contra lo que se dice, yo creo que esta polémica ardua y encendida no hace más que elevar definitivamente la cocina española a la categoría inefable de las bellas artes. En este símil, Mozart sería Ferrán Adrià y Santamaría, Salieri.