Juan Luján. Director de Crónica del Turismo
Vuelve el “Tren Botijo”
Viajar en
un expreso de los de hace treinta años constituía toda una aventura, un
reto a lo desconocido.
Sólo
sabías la hora de partida, que sistemáticamente se incumplía, y el lugar
de destino. Con el billete normal no había derecho a reserva ni ningún
otro compromiso por parte de Renfe que no fuera llevarte al punto de
llegada. ¿Cómo? ¿Cuándo? Ahhh...
En
aquellos días rojos, en los que los estudiantes nos subíamos al tren para
pasar las vacaciones en casa, la operación de subir al vagón suponía una
batalla a empellones, siempre mirando de reojo por si el maquinista
decidía arrancar y te dejaba en tierra.
La
lotería de la vida deparaba que, en contadas ocasiones, encontrases un
compartimiento con un asiento libre, entre el campesino empeñado en
compartir contigo el bocadillo de costilla de cerdo y una señora entrada
en kilos y muy preocupada por mantener las distancias, a pesar de lo
apretado de la situación.
No eran
viajes para remilgados. Frío glaciar en invierno (y el acalorado del
asiento de al lado empeñado en abrir la ventanilla), calor de desmayo en
verano y; en cualquier estación, un nauseabundo olor a pies, tabaco y
colonia de urgencia.
A veces
la aglomeración era tal que las maletas taponaban el servicio y el viajero
en apuros se veía obligado a aliviarse en cualquier rincón, porque bajar
en las estaciones presentaba el riesgo más que probable de perder el tren.
Los
pasillos se convertían entonces en improvisados lugares de guateque, con
casetes, guitarras, pan y chorizo. Hasta que venía la máxima autoridad, el
revisor, esa persona que disponía de vidas y enseres por cuanto era capaz
de salvar tu salud con un asiento libre cuatro o cinco vagones más
adelante, y a la vez tenía poder para mandarte al pasillo porque tu
asiento (precisamente el tuyo) estaba reservado por un señor con bigote y
maletín de viajante.
En el
tren era posible hacer amigos para toda la vida, a veces encontrabas una
novia para unos cuantos años y hasta podías cambiar de religión si te
dejabas engatusar por los profesionales del proselitismo que elegían la
Renfe como escenario de sus conquistas espirituales.
Ahora
Renfe ha dado un salto enorme hacia el futuro y los convoyes resultan
rápidos, puntuales (dicen que España figura como segundo país más exacto,
tras Japón), limpios y cómodos. Podríamos hablar de otro medio de
transporte: se llama tren como el de entonces, pero no tiene nada que ver.
Eso sí.
Renfe ha tomado la precaución de, en ese 'reino del futuro', reservar un
lugar para que no se pierda del todo el pasado. La compañía ha elegido los
TRD que ¿unen? Salamanca con Madrid para ese museo retrospectivo, con
trenes lentos y tardones como los de antes. Unos cacharros que no llegan a
los cien por hora de velocidad de crucero, que arden a la menor chispa y
se averían en cuanto caen cuatro gotas. Unos convoyes que no llegan en
punto ni aunque amenacen con ahorcar a la tripulación.
Alguien
pensará que las autoridades provinciales y locales de Salamanca deberían
poner el grito en el cielo y patear en el culo al Ministerio de Fomento
para que acabe con el agravio de los más de quinientos mil usuarios
anuales de esta línea.
Pero no
es así. Entre otras cosas, porque bastante tienen las autoridades locales
y provinciales con mirar por su futuro. Les preocupa mucho más la gaviota
que el
AVE. Si
no exigen vuelos internacionales desde Matacán, ni protestan por la
lentitud de las obras en las nuevas autovías, ¡cómo se van a ocupar de
menudencias como los retrasos del TRD!
Así que
señores al tren, y a rezar para que no llueva.
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