Juan Luján. Director de Crónica del Turismo
El
Toro de
la Vega
o toro alanceado de Tordesillas
En el
Boletín Oficial de Castilla y León se dice que el Patrimonio Cultural de
esa Comunidad sirve como testimonio y fuente de conocimiento de la
Historia y de
la Civilización,
que es un deber de los poderes públicos su salvaguarda y difusión para
promover y tutelar el acceso a la Cultura, así como velar por su
investigación y transmisión a las generaciones futuras. ¿Se refieren con
esta declaración de intenciones al cuidado y difusión de su arquitectura?,
no. ¿A su gastronomía o bailes?, tampoco. ¿Tal vez a la conservación de
los restos de antiguos asentamientos en la zona?, ni mucho menos. La
pomposa exposición gubernamental se refiere simplemente a la tortura hasta
la muerte. Así es, porque este Manifiesto figura bajo el Epígrafe de: La
protección de la tauromaquia popular en la Normativa de Castilla y León,
según la Ley 12/2008 del 11 de Julio y se refiere a una tradición
sangrienta y repugnante existente en la Ciudad de Tordesillas conocida
como El Toro de la Vega. Por
cierto, que celebrada desde hace tres siglos, cuando todavía estaba
vigente la Santa Inquisición, ha estado prohibida durante varios años, hasta que en 1999
la Junta de Castilla y León, mostrando un alto grado de
ideas progresistas, ilustradas y avanzadas acordes con la superación de
costumbres del pasado de índole salvaje, legitimó de nuevo este brutal
crimen, repito, ayer prohibido y hoy legal de nuevo gracias a la decisión
de unos gobernantes a los que no se les cae la cara de vergüenza cuando
aseguran ser acérrimos defensores de la libertad, el derecho, la justicia
y la igualdad.
Así
cada año, la segunda semana de Septiembre, se celebran las Fiestas Mayores
de Tordesillas en honor a
la Virgen de
la Peña y
dentro de ellas tiene lugar este acto sanguinario, violento e irracional
denominado Toro de la Vega o Toro Alanceado. El edificante espectáculo
consiste a grandes trazos en lo siguiente: se compra un toro de no menos
de 500 Kgs., buena estampa y supuesta fiereza. Se le suelta y recorre
diferentes calles de la Población hasta que atraviesa el Puente. En ese
punto le espera gente a caballo y a pie, armada con lanzas, que clavarán
una y otra vez en el cuerpo del animal hasta que uno de ellos, después de
una sangría lenta y espantosa para el toro, le aseste el golpe mortal. Ese
“valiente” mozo, como premio a su hazaña, será obsequiado por el
Ayuntamiento con una insignia de oro y con una lanza de hierro forjado.
Esta
tradición cuenta con todos los preparativos necesarios para poder llevarse
a cabo, incluso existe en
la Localidad una Escuela de Lanceros a la que también asisten niños.
Podríamos denominar su objetivo como “instruir para torturar o educar para
matar”, pero en su Página del Patronato del Toro de
la Vega
dicen al respecto textualmente lo siguiente: “Las instituciones
caballerescas tordesillanas perduran desde sus orígenes en quienes hemos
heredado su legado, y es deber nuestro formar a quien nos herede desde la
infancia, a fin de que desempeñen dignamente las funciones por las cuales
se estableció el torneo del Toro de la Vega”. Quiero resaltar la parte en
la que dice: “a quien nos herede desde la infancia…”. Poco resta que
añadir al hecho de que esta carnicería, se considere digna de ser enseñada
y transmitida a los niños, para comprender hasta qué punto el respeto a
las diferentes formas de vida y la repulsa de la tortura no forman parte
del acervo cultural de los defensores del Toro Alanceado ni existe en
ellos interés alguno en trasladar esos valores a sus menores.
En
cierto punto de una Ponencia para el Colegio de Lanceros del Patronato del
Toro de la Vega de Tordesillas y en lo que a su Defensa Jurídica se
refiere, se dicen frases como las siguientes:
"El patrimonio
etnográfico del Toro de
la
Vega es el principal testigo de la contribución histórica de los españoles
– y por tanto de los tordesillanos -, a la civilización universal y de su
capacidad creativa contemporánea…”,
o: “las
costumbres, como la del Toro de
la Vega, como creación espontánea de la convivencia
armónica de los miembros de una comunidad, tiene la energía vivificante de
lo que ha nacido natura, constituyendo la más auténtica manifestación de
libertad y de poder del pueblo…”.
Leyendo
tales afirmaciones y otras muchas, que pretenden ofrecer argumentos acerca
de lo adecuado, sano, apto, necesario, aceptado, cultural y universal de
este crimen ahora legal, yo me pregunto, ¿por qué todos los años en
Tordesillas tratan por todos los medios de impedir que las imágenes de la
tortura del toro sean fotografiadas o filmadas por personas que ellos
consideran extrañas? Si tan convencidos están de lo idóneo de esta
tradición bárbara, ¿por qué utilizan las amenazas y llegan a la agresión
con aquellos que siendo para ellos desconocidos, intentan captar un
testimonio gráfico de este “entretenimiento”?.
El
Toro Alanceado es una más de las tradiciones brutales que acompañan a
numerosos festejos populares en nuestro País, quizás una de las más
sangrientas, de las que más tratan de ocultarse a los ojos de los extraños
y que más une a los que luchan contra el maltrato a los animales. Existen
pretextos que quieren justificarla pero siempre desde ámbitos interesados;
desde una Junta y un Ayuntamiento que obtienen sustanciosos beneficios
económicos y electorales con su continuidad, hasta miles de ciudadanos que
han “mamado” desde su infancia esta atrocidad y que algunos por ignorancia
y otros por egoísmo consienten y apoyan. También hay personas en
Tordesillas que consideran que esto es una costumbre abominable pero la
gran mayoría tiene miedo de expresarlo así, pues qué pueden esperar de
unos exaltados con los que han de convivir viendo cómo éstos no tienen el
menor reparo en utilizar la violencia contra aquellos foráneos que se
expresan en contra de esta locura.
Como
todos los años, en Septiembre, volverá a tener lugar esta celebración que
provoca náuseas, que denigra a la razón, que sacude los sentimientos y
hace saltar las lágrimas, de rabia, de impotencia, de dolor, ante el
sufrimiento absurdo y estúpido de un toro, ante la tortura prolongada,
ante la visión de esas lanzas clavándose en su cuerpo, de las heridas
sangrantes por las que poco a poco va perdiendo la fuerza, la vida, ante
el ensalzamiento de quien logra asestarle la estocada mortal y todo ello,
amparado por una Ley dictada por los que se suponen elegidos para sacarnos
del atraso y de la incultura.
A todos
los que jamás serían capaces de clavar una lanza en el cuerpo de un toro,
a todos los que les revuelve las entrañas saber que esto está ocurriendo,
les pido que apoyen a las personas de distintos colectivos que rechazan
esta masacre consentida. Y a los que la justifican, les pido que lean los
documentados estudios de D. José Enrique Zaldívar, Veterinario, acerca del
terrible e inmenso padecimiento físico y psíquico de los toros en este
tipo de actos, así como a meditar acerca de la reflexión del escritor D.
Juan Adriansens, cuando se pregunta ¿cómo alguien puede disfrutar con la
tortura y el sufrimiento de otro ser?
Ante tan
contundentes razones fisiológicas y éticas para su abolición, las
disculpas de los que defienden la continuidad de esta bestialidad son sólo
las excusas de la horda.
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