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 Juan Luján. Director de Crónica del Turismo

Cuidemos el turismo

Bajo el epígrafe de Barcelona vacía, Barcelona atestada, un diario de la ciudad condal publicó el pasado mes de agosto unos reportajes fotográficos de puntos neurálgicos de la ciudad a primera hora de la mañana y a las horas punta, es decir, cuando apenas hay nadie y se respira tranquilidad y sosiego y cuando el turismo extranjero y nacional toma las calles y los centros de interés, parques, museos o mercados y se suma al normal ajetreo de los vecinos de la ciudad, convirtiendo las aceras en riadas humanas. Así, han desfilado la calle de Montcada, el parque Güell, Colón, la plaza de Cataluña, la Boquería y, ¡cómo no!, la Sagrada Familia...


Es fácil sumarse a las críticas de los barceloneses que se quejan de que la ciudad se ha convertido en un parque temático, de que el turismo de masas transforma Barcelona en un lugar atestado de foráneos que expulsa a sus habitantes, impidiendo el paseo apacible y disparando los precios. Pero es el precio de haber colocado la marca Barcelona en el mercado internacional tras los Juegos de 1992 y de la inevitable sustitución de la ciudad industrial de antaño por la de servicios de ahora.


Los datos sobre la evolución del turismo en España parecen indicar que el turismo de sol y playa, aunque siga siendo el mayoritario, decae o cuando menos se estanca, No parece ocurrir lo mismo con las grandes ciudades, Madrid y Barcelona, en las que aumentaron las noches de hotel contratadas, debido principalmente al turismo extranjero. Y en una época de crisis, cuando el ladrillo, el otro gran pilar del despegue económico español, hace agua, resultaría suicida despreciar el turismo, no cuidarlo y mimarlo. Molesta, pero lo necesitamos