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 Juan Luján. Director de Crónica del Turismo

Turismo de Saldo

EL significativo aumento de la oferta turística en España, coincidente con un claro retraimiento de la demanda, ha llevado este año a las empresas mayoristas a una insólita guerra de precios a la baja en plenas vacaciones veraniegas. Aunque de estas gangas, semejantes a las que se encuentran en los circuitos de Internet, se podría deducir un claro beneficio para los consumidores, no es tan seguro que a medio plazo sea una estrategia acertada para el sector turístico.

La experiencia española en esta industria ha enseñado que la mejor administración de nuestros bienes naturales para el ocio no pasa por aumentar la cantidad de clientes a cualquier precio, entre otras cosas por la escasa riqueza que aportan paquetes turísticos cuya capacidad de consumo se agota ya en la propia contratación de los países de origen. No es cuestión de una opción simplista entre turismo caro o barato, sino de consolidar una de nuestras principales actividades productivas: el sector servicios. Que a mediados del mes de julio la ocupación hotelera en el litoral fuera de un 75%, no debería provocar un terremoto de precios que les sitúe al límite de la rentabilidad o que fuerce a empresas medianas y pequeñas a vender por debajo de los costes para competir con las rebajas de los grandes. Si la industria turística no está preparada para soportar un nivel de ocupación de plazas por debajo del 95%, el sector tendrá inevitablemente que revisar sus planteamientos. La auténtica consolidación es la que aprovecha con racionalidad las mejores coyunturas y sabe resistir las menos favorables.

En este verano del 2008 se ha mantenido un descenso de la demanda exterior detectado ya el año pasado, junto a un consumo interior que retrasa su decisión de contratar viajes. Algo, sin embargo, nada sorprendente en un mercado sometido a la ley de la oferta y la demanda, y que desde luego no debería combatirse con la desmesura ni el hundimiento de precios. Cuando hay estudios suficientes sobre la conveniencia de diversificar la oferta ante la competencia de otras regiones mediterráneas, sería una pena empeñarse en conseguir a toda costa incrementar anualmente el número de visitantes en vez de captar a quienes, en menor cantidad pero con mayor poder adquisitivo, pueden acudir a una oferta que, sin disparar los precios, mejore sustancialmente la calidad.