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 Juan Luján. Director de Crónica del Turismo

El arte y el turismo de masas

Uno de los rasgos definitorios de la naturaleza de la sociedad de nuestra época es, sin duda, la constitución de una cultura de masas. Los públicos de todas las manifestaciones culturales han incrementado su número de un modo espectacular. La posibilidad de acceder a los bienes culturales es hoy masiva, lejos de ese carácter restringido que siglos atrás reducía dicha posibilidad a los privilegiados política o económicamente.

Si embrago, no se puede limitar el análisis de esta aparente democratización de la cultura a los hechos cuantitativos. Debemos preguntarnos, ante todo, por las condiciones en las que el público de la cultura de masas contacta con las obras artísticas y si el acceso masivo a las mismas supone en sí mismo un enriquecimiento de la experiencia estética.

El acercamiento o contacto con la obra de arte tiene lugar, en gran parte de las ocasiones, a través del turismo de masas. Los grupos de turistas que así se desplazan son literalmente transportados de un lugar a otro, recorriendo a ritmo militar y en pocas horas un número increíble de museos, iglesias, monumentos y exposiciones de índole dispar que los deja en un estado de extenuación física y saturación mental. Lo visitado es aquello que previamente ha sido legitimado por los mecanismos institucionales, es decir, aquellos que establecen los baremos valorativos de las obras artísticas, incluyendo entre éstos a las guías turísticas editadas, que señalan y eligen qué es lo que posee un mayor "interés cultural". La voluntad del turista queda reducida a la mínima expresión. A veces ni siquiera la mirada a las obras de arte se efectúa de un modo directo, sino filtrada a través del visor de una cámara fotográfica o de vídeo, convertidos así en verdaderos salvadores documentales de una memoria agotada por la sobreabundancia, que recurre al registro fotográfico o videográfico en un intento desesperado por perpetuar la imagen de una presencia en un lugar que no se ha podido experimentar estéticamente por falta de tiempo y de fuerzas.

En esta situación, el enriquecimiento perceptivo y la formación de juicios de gusto quedan prácticamente excluidos. No se establece un cauce de confrontación profundo con las obras. El juicio estético es sustituido por la opinión terminante y banal, de carácter aprobatorio o condenatorio, cerrada, y con pretensiones de universalidad.

Pero este problema intrínseco al turismo de masas, no es sino una ramificación más de una situación global de precariedad para la experiencia perceptual y cognoscitiva que tiene el sujeto actual, inmerso en una cultura visual masificada con el televisor como centro de operaciones. La saturación de imágenes proyectadas por los medios de masas es tal que nos hace perder la experiencia directa de la realidad. La sociedad adquiere un grado de actuación pasivo, delegando responsabilidades en la información y el consumo, quienes se encargarán de decirle qué y cómo debe desear.

Todo es susceptible de ser consumido, aunque sólo sea en su superficialidad. Y es precisamente esta superficialidad la que generalmente recogen los medios de comunicación, para quienes el universo cultural interesa en función del nivel de espectáculo que proyecta. En la cultura de masas, lo cultural se valora en función del rendimiento comercial obtenido, igualándose cualitativamente todo cuanto es susceptible de consumirse.

Lo alertaba Umberto Eco en su libro Apocalípticos e Integrados ante la Cultura de Masas: "La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis".