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Mundos posibles, turismo y emigración

 

En vez de aceptar simplemente su propia vida como fatalidad, un número de personas cada vez mayor comienza a imaginar otros mundos y a compararlos con el suyo. De este modo, la vida de un individuo no sólo está determinada por las circunstancias inmediatas, sino cada vez más por las realidades sociales mundiales y posibilidad que los medios (de forma directa o indirecta) sugieren como realizables. A ello se agregan los flujos del turismo mundial, que, en cierto sentido, provocan un efecto similar. Lo que los autóctonos perciben es un sinnúmero de turistas que pasan semanas enteras sin hacer nada, que se permiten el lujo de alojarse en hoteles y comer en restaurantes, alquilar coches e ir de excursión, contratar masajes y cursos de buceo, y otras cosas. ¡Qué bienestar más fabuloso! ¡Qué vida tan bella!

Este fragmento, escrito por Ulrich Beck y Elizabeth Beck-Gernsheim, marca una relación importante: la del turismo con las emigraciones. Al ver a los turistas “occidentales” pasarlo tan bien, una enorme cantidad de habitantes de países más pobres conocen un modo de vida que ellos, con sus bajos ingresos, no puede aspirar en su país. Pero pueden, primero, soñar con ese modo de vida. Y segundo, buscar alcanzarlo al trasladarse a los países de esos turistas. El turismo, así, está bastante lejos de ser sólo una actividad económica. Junto a los medios, difunde una imagen de un mundo mejor que no está en casa, y que se encuentra en los países más desarrollados.

¿Para qué seguir sufriendo si puedo emigrar? Es obvio que ese cambio de lugar no es algo sencillo. Desde hace décadas los países más desarrollados no cesan en poner más y más barreras a la emigración, por lo general con resultados paupérrimos. Aunque no quieran, las personas emigran igual. Si los productos y las imágenes cada vez circulan más fácil, es bastante contradictorio creer que las personas no deben hacerlo. Aunque aquí habría que hacer una salvedad: los turistas si pueden circular casi libremente, porque en casi todo el mundo quieren recibirlos. Los emigrantes, en cambio, son cada vez más rechazados. El punto más alto de esta política es la intención de la Unión Europea de transformar la categoría de emigrante, bajo ciertos requisitos, en un acto ilegal punible con la cárcel. Los derechos humanos serán nacionales, porque de universales cada vez tienen menos.

Lo que habría que objetar a Ulrich Beck y Elizabeth Beck-Gernsheim es que el tema de la relación entre turismo y emigración aparece como plausible, pero habría que estudiarla de manera empírica, más allá de la hipótesis. Hay puntos que son muy obvios; por ejemplo, analizar las expectativas de muchas personas de poder casarse con un “turista extranjero” para dejar su país y trasladarse a un lugar mejor, al menos en lo económico. O dar cuenta de esa relación entre “turistas extranjeros de ocio” y las ganas de dejar tu país de una vez. Pero, aún cuando falte un poco más de trabajo empírico, el planteamiento de los autores recupera un aspecto político de la relación entre turismo y emigración: que visitar otros países y llevar un estilo de vida económicamente acomodado no se limita a dejar dinero en otros lugares del mundo. Implica llevar una imagen a otras naciones, y a estimular a otros a seguir un sueño. ¿No es obvio remarcar que no habrá barreras posibles para detener a aquellos que toman la decisión racional de dejar sus pobres países para obtener mejores salarios, beneficios y acceso a servicios públicos?

Jorge Gobbi