Juan Luján. Director de Crónica del Turismo
Salamanca: una ciudad, un estilo
Es
fácil, al hablar de Salamanca, caer en el recurrido tópico de la
descripción de lugares, gentes y costumbres. Pero, para mí, más que un
conglomerado de casas y calles, plazas, monumentos y rincones con
historia, Salamanca es un ser vivo. Una persona con cuerpo y alma,
acogedora y antipática a la vez, tierna y violenta, recatada y engreída.
Una ciudad siempre hermosa incapaz de disimular su esencial condición de
imperfecta. Porque, felizmente, Salamanca no es perfecta. Tiene defectos,
bastantes, los necesarios para ser humana y los justos para ser tan
apasionada como apasionante.
A
Salamanca hay que llegar con sensación de distancia, como si se hubiera
hecho un enorme recorrido para llegar hasta allí. Lo ideal es hacerlo por
la tarde, antes de que comience a ponerse el sol. Es la forma de
transportarse de repente al mundo mágico que cada atardecer se baña en el
oro de sus piedras. Lo perfecto sería ir acompañado de una mujer o de un
hombre al que aún se quiera. El embrujo tibio del atardecer entre los
tonos dorados de Salamanca será el marco adecuado para despertar pasiones
melancólicas y deseos desconcertantes. Todo va a invitar a ello, empezando
por los acogedores hoteles y su personal trato, en los que los clientes se
sentirán como huéspedes privilegiados de una gran mansión. Camareros que
parecen perfectos mayordomos victorianos, salones confortables y
habitaciones cálidas. La perfecta bienvenida.
Tras
unos primeros momentos de adaptación al cadencioso ritmo de la ciudad, hay
que empezar a recorrerla. Y Salamanca inventó la noche. Pocas ciudades en
el mundo parecen tan adecuadas para vivir la noche como ella. Y pocas
ciudades han hecho tanto por convertir la noche en un gran espectáculo.
Una buena cena se hace imprescindible antes de empezar. Hay restaurantes
de todos los tipos, precios, especialidades, y en todas las calles y
plazas. En la noche salmantina todo es posible. Su larga tradición
universitaria ha dado como resultado un amplio calidoscopio cultural.
Todas las razas, todas las nacionalidades y todas las ideologías conviven
en la noche salmantina. Aquí hay de todo y para todos.
Salamanca despierta más tarde que las otras ciudades, quizá porque es
real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera. Tarda en
despertarse Salamanca como para preparar mejor esa trampa que reserva al
viajero como quien se sabe acostumbrada a seducir, segura de gustar. La
ciudad se presenta bulliciosa y ruidosamente española. Sus calles, algunas
estrechas y empedradas, conservan la orgullosa dignidad de su pasado. La
animación del centro, su tráfico desordenado pese a las restricciones,
contrastan con la serenidad que transmite la ciudad, con la solemnidad y
belleza de sus edificios. Pero es precisamente esa dualidad, esa pacífica
convivencia entre la vida moderna y la grandeza de su pasado lo que hace
que Salamanca sea única y mágica.
Salamanca hay que descubrirla despacio, con calma. Está llena de
inolvidables rincones que pasarían desapercibidos a un visitante
apresurado. Sólo su Plaza Mayor merecería varios días. La Plaza Mayor de
Salamanca es uno de esos lugares privilegiados que todo el mundo conoce
antes de haber ido. Ha sido descrita, fotografiada y pintada millones de
veces. La impresión que provoca, ya sea por primera o por enésima vez, es
invariablemente diferente y sobrecogedora. Allí todo es milagrosamente
distinto. Lleva impresas en la piel marchita de sus piedras las huellas
del tiempo, pero se maquilla de brillantes colores para disimular los años
y los malos tratos. Como una vieja dama del espectáculo, resulta una
excelente estrella: bella, sensual y decadente. Su historia es por sí
misma uno de los más apasionantes guiones contemporáneos siempre con unos
actores de excepción: los salmantinos. Quien la haya conocido, con más o
menos intensidad, no podrá decir jamás que no se ha sentido embrujado por
ella, atrapado por ella. Y pocos somos los que, siempre que podemos, nos
resistimos a la tentación de pasar a saludarla varias veces al día y
contemplar cómo su luz y su bullicio van cambiando al ritmo de la ciudad.
O la ciudad cambiando al ritmo de su Plaza Mayor.
Salamanca está concebida a la medida del hombre, a la velocidad de un
paseo. Todo aquí está al alcance de la mano. Un ciudad múltiple,
variopinta, con el alma atravesada por influencias ajenas que cambian cada
cinco años a ritmo de sus estudiantes pero sin dejar de mantener siempre a
flote su asombrosa vitalidad. Salamanca, a diferencia de otros centros
turísticos, provoca en la mayoría de visitantes un deseo de volver,
incluso mucho antes de haberse ido. Volver para entreabrir esa ciudad
secreta, diferente, que se intuye pero que parece estar protegida de la
mirada del forastero primerizo que sólo quiere comprobar que la Salamanca
que conocía de antemano existe en realidad. Porque cualquier intento de
definir Salamanca con una frase está condenada al fracaso.
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